Diario de viaje del Capitán

Registro de un viaje personal.

Cinco

Lunes

Santiago de Cuba, 1518

Ya se asoma un año para nosotros en estos lares donde el clima calienta la sangre, el sol arena la piel y el cielo te hace soñar con otras voces, otros aromas, otras fronteras tan distintas a las viejas comarcas del Reino de Castilla y León. Dicen que el sol no se pone en el imperio y tienen razón. Lo vasto de esta conquista ya no supone una nueva ruta como alternativa hacia las Indias Orientales: estamos en un nuevo mundo, en la nueva España que se erige con la guía de la cruz misericordiosa y la espada castellana, justiciera y veterana de guerras y victorias continentales, que los tercios españoles han sabido blandir, en estos años, ferozmente en Italia y los Apeninos.

Ha sido un año colmado de dolores y esperanzas para mi hermano Misael y para mi, que ha incluido en su infatigable bitácora de azares y venturas, sonrisas, lágrimas y sinsabores, todo almacenado en la retina negra de la memoria, como el cáliz y la espada que glorifica nuestra jornada.

Todo ha iniciado, desde que zarpamos de Sevilla, con un viaje infernal de más 4 meses por mares tempestuosos y plagados de terroríficos cánticos de sirenas y de otros seres antediluvianos que han seguido, con perturbadora osadía, nuestro bajel por cuadras y cuadras de este océano sin fin asentado en esta ruta. Cabe contar aquí, oh, misericordia, de la triste y abrupta muerte del pobre Jilberto Tovar, nuestro malogrado primo de primera sangre, cuyo cuerpo inerte, lleno de una febril sequedad mortal, se corromperá para siempre en las profundidades atlánticas hasta la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesús. El arribo a la isla Juana, en pleno período de vientos y huracanes, que nos obligó a aclimatarnos sin un trasto de ropa seca por semanas, en la húmeda y salvaje temporada caribeña, tan distinta y distante al clima seco de la península ibérica, del fecundo hogar de la Hispania, de la patria que queda atrás con la sensación de que todo va cambiando a medida que la vida nos encamina a otra historia.

En Santiago de Cuba, nos hemos puesto al servicio don García Velasco Melgarejo, un viejo hidalgo de Compostela, quien nos ha reclutado a Misael y a mi, como ayudas de campo, mientras en el hervidero de copas y coplas de la tertulia del atardecer, todo las gentes hablan de la próxima expedición a Yucatán.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Diario del viaje del Capitán / 2011

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Cuatro

Domingo

Latidos

Existe una frontera entre las celebraciones de los cumpleaños de niños y los de púberes, naturalmente marcada por las abiertas diferencias que se provocan en el seno de un lugar común: el juego y las carreras. De niños, todo es corretear y casi perder el sentido de tanto jugar. De jóvenes, otros estímulos inundan la escena y dan un sentido distinto a los resultados de la percepción de los hechos, apareciendo en escena elementos invisibles hasta ese momento, pero que junto configurar una parte de la historia, terminan por constituir el carácter.

Era de domingo, cerca de las seis de la tarde cuando llegué a la casa de Juan, un compañero de curso de la enseñanza básica, quien celebraba su duodécimo cumpleaños. Vivía en un sector marginal de la ciudad, que terminaba de golpe en las vastas extensiones del desierto que atezaba los límites urbanos con su manto de arena y soledad, en un apretado conjunto de casas que se apiñaban un radio de poco espacio, justo allí donde había tanto espacio. La casa era un híbrido de madera y ladrillos, de grandes ventanales para aprovechar la luz y el calor de la tarde, casi insolente frente al tamaño del gran patio que se abría inmediatamente frente a su pórtico. Los padres de Juan se esmeraron en preparar una modesta mesa adornada con una torta y sus 12 velitas, y bandejas con pan con huevo revuelto y jarras de chocolate caliente, a pesar de la tibieza de octubre. Éramos una veintena de chiquillos alrededor de la mesa, parlanchines y desarreglados, hombres y mujeres, que hablaban al unísono de los temas que se debaten sin acaloro a esas edades. Recuerdo a uno, de apellido Argandoña, que arriscó la nariz frente a lo que estaba servido en la mesa resguardada por un tieso mantel de plástico verde, como haciendo sentir que ese no era lugar para él. Y bueno, no lo era, por suerte, porque al rato desapareció y nadie lo volvió a ver. Después de devorar el contenido alimenticio del todo desguarnecido en la mesa en presencia de la jauría salvaje que éramos, y de cantar el cumpleaños feliz a Juan hasta reventar a gritos los pulmones, vino la diferencia con lo habitualmente tradicional de las fiestas de cumpleaños de hasta ese momento: “¡Vamos a jugar afuera!”, gritó alguien y la verbo jugar cobró otro significado, de estadio superior.

El crepúsculo daba sus primeros tintes acariciando la pléyade de estrellas que estallaban sobre el cielo nocturno dibujado sobre las luces de la ciudad, decolorando la luz del día en una coqueta oscuridad ideal para jugar a las escondidas en grupos. De forma equitativa, nos separamos hombres y mujeres, y dispusimos las reglas del “sorprender y tocar” para dar de baja a los pillados. El tiempo se paralogizó mientras nuestras figuras corrían en contraste veloz a la oscuridad que alargaba las sombras sombre la pampa alargada por este juego de corridas y tocadas. Todos desaparecíamos, escondidos, todos, aparecíamos, sorprendidos y apresados, o parapetados para liberar a nuestros compañeros. Corriendo de arriba abajo, de este a oeste, saltando latitudes y meridianos, las mejillas se encendieron de rojo, la voz quedó ronca de tanto gritar y reírse, la ropa quedó empolvada, como una transparente presencia fantasma que agrietaba el desolado páramo elegido para jugar, de tanto hacer rodar los pies y levantar el polvo insigne que duerme en las costras del desierto. En la vorágine del juego, con sus iliadas y sus odiseas, creo que abandoné la niñez de golpe, cuando le tomé la mano a Pelusa, una niña de hermosa tez morena y de cabellos largos y negros, más alta que todos los demás que jugábamos sin vernos en la oscuridad, y colocándola sobre mi pecho, sobre ese beatle blanco de moda que vestía y con el que hice la primera comunión, le dije sonrojándome: “Siente mis latidos”. Ella sonrió.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Diario del viaje del Capitán / 2011

Tres

Sábado

Tenerte así

Desde que cruzamos el umbral de la habitación, nos besamos con desesperación y desequilibrio, como intentando trasponer el oleaje que provocaba el abrazarse, sofocarse de sentir el peso muerto de la ropa de calle entre nosotros, evitándonos, braceando por alcanzar la piel y tocarnos con la soltura que da el deseo y la ocasión, abriéndonos.

Veníamos juntándonos de este forma y en ese mismo departamento de hacía un tiempo, viéndonos pasar como desconocidos en el lobby y tomando distintos ascensores, pero arremolinándonos en caricias apenas nos parábamos en la puerta, empujando la cerradura para ingresar rápido. Caímos en la cama, y los últimos vestigios de nuestra ropa tendieron a desaparecer con habilidad prodigiosa, iluminándonos en una sonrisa cómplice. Puse mis manos en tu pecho, y tú me besaste vehementemente, mordiéndome los labios. Te toqué suavemente hasta que fluyó tu completa humedad y tornamos en rocío y fuego. Sentiste mi dureza, palpé el corazón abierto de tu almena, alzándome para navegar en tu cuerpo. Me miraste de una forma diferente, en el instante preciso en que alzabas tus caderas ofreciendo algo más. Sobrevino la penetración, en el silencio de una lenta fluidez, y quedamos suspendidos en el ángulo de nuestras miradas mientras el roce hacía latir el mareo de amarse. “Quería tenerte así”, dijiste, y hubo una contracción que arrolló mi medula espinal hasta transformarme en una ardiente fundición de carne y sentidos dentro de ti. Sonreíste.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Diario del viaje del Capitán / 2011

Dos

Sábado

Puerto de Sevilla, 1517

Llegamos de madrugada junto a mi hermano Misael, yo, Antonio Cifuentes y nuestro primo Jilberto Tovar, cuya tía Laura Alamsa, de León, ha tenido la compasión de acompañarnos una carta de recomendación para conseguir pasaje en alguna expedición hacia las Indias orientales, apostando que, para unos noveles jornaleros como nosotros —acostumbrados a cuánta tarea necesitase emprender a diario el solar familiar en Zamora—, la mano de obra de herreros, carpinteros, labriegos o soldados sería muy bienvenida allende los mares.

Sevilla es un hervidero en esta época del año, calurosa y llena de gentes de toda España que se apretujan tratando de conseguir salvoconductos y granjerías comerciales para iniciar fortuna en el nuevo oriente. Después de 2 días de dormir y comer al descampado cual el peor de los tunantes, hemos conseguido liarnos en el barco de don Narciso Gómez, capitán de línea, cuyo navío (un bajel parchado en realidad), partirá al cabo de 15 días con destino a San Cristóbal de La Habana, en la Isla Juana o como le dicen, hoy por hoy, Cuba, cargado de pertrechos y mercancías para hacer digna la vida y la civilización de la gobernación de don Diego Velásquez de Cuéllar, gobernador y adelantado de ultramar.

Estamos felices los tres, ante la expectativa de iniciar juntos este viaje y prosperar en las tierras del paraíso como les dicen los castellanos a este reino, para regresar, al cabo de un tiempo, con fama y fortuna, al terruño que quedará atrás, por fin, el día 20 de agosto del año de nuestro señor Jesucristo de 1517.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Diario del viaje del Capitán / 2011

Uno

Viernes

El pirata

Aquellos días de enseñanza básica eran realmente una tortura. No era el colegio en sí, no eran los alumnos o los profesores en su conjunto, o quizás era yo mismo el que no lograba encajar en ese complejo sistema de cerrojos, regulaciones y de complejidades tan distintas a las del hogar, diferentes desde toda perspectiva a las cálidas conductas que se podían desarrollar allí a la edad de 7 años. Pero uno no decide nada a esa temprana edad, digo en lo que se refiere a ese tipo de decisiones. Y no elige el lugar para su muerte o donde haber nacido, ni alega por tener que ir cada día, todos los días, a la escuela e intentar asimilar, de paso y a paso veloz, el cúmulo desaforado de estímulos que es enfrentarse a la realidad de lo inevitable: el crecer de la socialización.

Pero una cosa eran las reglas del colegio y de sus clases y de su variopinta constelación de profesores y educandos bajo el techo de la enseñanza-aprendizaje de la educación pública, y otra cosa muy distinta era la salvaje fauna que cobraba vida, allí mismo, en los recreos o antes y después de las clases, lejos de las miradas vigilantes de los profesores u otros adultos. En un estado primigenio de la escala moral y de toda regla de control social, esa escuela había visto desbandarse en sus patios y en las calles y plazas aledañas, una abierta y profunda guerra de pandillas que abarcaba a la inmensa mayoría de los alumnos de la enseñanza básica: cerca de 700 niños y púberes derrochando testosterona y adrenalina a raudales, entre quienes, en dos grandes bloques o alianzas simpatizantes, destacaba un adolescente de gran tamaño, abundante musculatura y mal carácter apodado simplemente por todos, amigos y enemigos, como el Pirata.

Lo que sucedía cada las 2 horas de clases que por reglamento separaban los recreos dentro de la jornada escolar era la expresión misma del caos: al tocar la campana, una masa compacta de alumnos, vociferando en una algarabía impresionante se disgregaba por los patios y las escalas y las gradas del perímetro de la escuela, hasta quedar militarmente compactada en 2 grandes grupos de alumnos estacionados, frente a frente, como 2 ejércitos apostados en la formación griega clásica, encabezada por los más veteranos y que terminaba con los más niños –yo, entre ellos–, revueltos, asustados, excitados, gritando y empujando al fondo de las filas que avanzaban hasta estrellarse en el medio de la gran cancha de fútbol, en una pléyade de puñetazos, patadas, tirones, escupos, insultos, arañazos, tacles y todo lo que sirviera para dejar fuera de combate –por un instante al menos– a la muchedumbre de adversarios mezclados e involucrados directamente en la lucha colosal que se desataba con la espectacularidad de un asalto armado a un hormiguero de termitas por incesantes e interminables escuadrones de hormigas rojas y negras. En forma evidente, mi curso completo había tomado partido en el bloque opositor al del Pirata y yo, a pesar de mis 7 años, también gritaba y corría desaforado detrás del tropel de mis compañeros, enfrentando con los ojos cerrados el fragor de golpes y pisotones que se daba en las fronteras de la lucha central desplegada por estas pandillas que reinaban en el diletante amanecer de esta inocente aún, violencia escolar de aquellos años. En mis propios cálculos, el nivel de mortandad de estas luchas fratricidas era “cero” y, considerando el tamaño de las masas combatientes, quizás las heridas más graves eran un chorro de sangre de narices o algún contuso menos grave que quedaba tendido al medio del patio con el automático escape hacia los lados contrarios del suceso de todos los involucrados. Huelga decir que los profesores, impedidos de hacer mucho durante el transcurso de esos 10 minutos de lucha incansable, cruzaban las líneas de beligerantes entrelazados en una batahola de golpazos y vapores, y cuales impertérritos camilleros de la cruz o la luna roja –dependiendo de la perspectiva del campo de batalla–, retiraban a los muchachos que se podían considerar, en las condiciones del teatro de operaciones, como bajas de guerra.

Bien, el asunto es que –fastidiando lento mi propia cobardía– y a medida que pasaban las semanas de este interminable conflicto, fui haciendo tripas corazón y arremetiendo más allá de la zona de guerra de mi propio grupo curso. Obligado a mantener los ojos abiertos para no caerme entre las escaleras que conducían al patio o para evitar ser arrollado por las turbas descontroladas que se descolgaban de las filas buscando contendores a quienes vapulear, podía ver en el centro de gravedad de la batalla de cada día, la figura acalorada del Pirata, sobresaliente del resto de la muchachada, quien valiente y glacial iba aportando tal cantidad de trompadas, remoquetes, reveses y puntapiés a sus atacantes, dominando con furia los espacios ganados en las alturas de las gradas y vociferando órdenes de ataque a sus tropas como un general veterano de todas las lides. Los capitanes de mi pandilla, en la zona cero de la pelotera, lideraban sus respectivos grupos de contendientes tratando de cercar y separar las murallas de defensores que luchaban gritando –sí, gritando como poseídos por deidades desquiciadas–, hombro con hombro al lado del Pirata.

Era el día a día de cada jornada: minutos de guerra infantil con victorias y derrotas para ambos bandos, en una cadencia infinita que tenía como único propósito, poner en juego una maquinaria violenta en apariencia, pero establecida bajo los códigos de un juego aceptado por todos, cuya motivación desbordaba la concentración de los participantes, puesto que, de lo único que se hablaba, las expectativas colectivas, todo el universo, se centraba en el momento vital en que concluían las clases y comenzaba el recreo.

Hubo un día en que la trifulca provocada por la rivalidad ingenua de las pandillas de la escuela, desbordó la racionalidad de la costumbre diaria de bregar casi coreográficamente en un juego controlado de despliegues y escaramuzas, tornándose en una jornada salvaje e impredecible. Nuevamente sobre el escaño más alto de la gradería, se encontraba el Pirata, repartiendo mandobles con sus brazos y piernas y la mirada pétrea y concertada en quienes lograban traspasar las líneas defensivas de sus lugartenientes. Usaba el pelo corto, con una pequeña chasquilla que adornaba su frente copiosamente bañada en sudor y tenía los rasgos fieros, como la encarnación de un semidiós sin corazón ni bondad. Las fuerzas de mi pandilla realizaban continuos asaltos sobre la posición del Pirata, pero sus avanzadas resistían con fiereza y decisión, devolviendo con la misma intensidad la violencia que recibían. En un instante de la lucha, el frente móvil pareció perder fuerza en el centro de la explanada que terminaba en la boca de las graderías, corriéndose hacia la izquierda del teatro de acciones de aquella mañana. Sin darme cuenta, esta vez me había acercado inconvenientemente por el flanco de la posición, para poder dar rienda suelta a mi curiosidad de apreciar en su inmensidad y gloria, el fantástico cuadro que es ver a 700 niños de embravecidos chocando con la fuerza de locomotoras descarriladas por el empuje de sus caballos de fuerza. Allí, en esa posición, no me percaté que un grupo rezagado de mis propias fuerzas había avanzado agazapado sobre la línea de combate y, desde la izquierda, sobre un punto ciego de la posición del Pirata, en ese preciso instante –conmigo empujado e impelido en el medio–, arremetían en un silencio jadeante sobre él. Jalado varios metros escaleras arriba por esta guerrilla asciendo en posición de falange, vi con horror como el propio Pirata, advertido por uno de los suyos del peligro inminente que surgía en forma de tropel quebrado –ahora– por los gritos iracundos de los atacantes, descendía a la carrera y se ponía a derribar con bárbaras trompadas a quienes ocupaban el espacio de su perímetro de defensa: uno a uno fueron cayendo los atacantes del Pirata o se trenzaron en luchas individuales con los compañeros que llegaban desde la derecha a proteger a su cabecilla. Lo que sucedió después, no lo he olvidado jamás. El Pirata con su natural fiereza sobresaltada quedó frente a mi, en toda su envergadura atlética, después de desprenderse de un tirón de un chiquillo que voló un par de metros más allá: yo era el último de los atacantes de ese flanco y se me venía encima, con la brutalidad diligente de cada día, el más bravo de los luchadores del patio de mi escuela.

Me miró de arriba abajo, mientras yo me apretujaba dentro de mi pequeño esqueleto, petrificándome en la última bocanada de aire de mi inquieta respiración paralogizada del más absoluto miedo, y con su mano derecha me levantó en vilo hacia el frente de su rostro encendido de sudor y mugre, y me susurró pausadamente: “Golpéame”. Abrí los ojos de forma desmedida y lo vi levantar su puño izquierdo que lucía amoratado y bañado en esquirlas de sangre. “Golpéame”, repitió. Y como vio que yo no reaccionaba, esta vez gritó: “Hazlo, golpéame”. Hipnotizado de la situación, alargué mi brazo y lo golpeé con la imprecisión del primer golpe dado en la vida. Al recibir mi feble cachetada en su rostro de piedra, el Pirata me soltó al instante y cayó, soltándome también, de forma aparatosa y teatral escaleras abajo. Yo caí milagrosamente de pié y sin creerlo aún –aún 38 años después–, vi como el cuerpo del Pirata se derrumbaba hasta el fondo de las graderías. Hubo una conmoción en el universo y después, un silencio absoluto y total en todo el patio de la escuela, con más de un millar de ojos mirando la escena que se convertía en historia en ese mismo sitio.

Los compañeros de mi pandilla, sacados del trance del momento, irrumpieron en vítores y se abalanzaron hacia el lugar que yo ocupaba tieso como una antigua estatua prometeica. Los demás, nuestros enemigos, corrieron en pos de su líder derrotado que permanecía ¿exánime? en el rellano de las primeras escaleras que desembocaban en la cancha principal. Fue un momento de confusión, de locura y de gloria. Me sentí transportado en andas y alabado de pronto como un poderoso guerrero, y llevado por una masa que gritaba aún enloquecida después del quinto retoque de la campana que ordenaba volver a clases.

Los suyos ayudaron al Pirata a ponerse en pié y cabizbajos y silenciosos desparramaron sus filas hacia las puertas de sus salones de clases. En un momento, antes de traspasar el umbral de la gloria y trasponer la realidad, creí ver su rostro escrutándome a lo lejos con una sonrisa fiera y extraña, casi divertido por la situación que ahora reinaba y en la que yo, irremediablemente, había sacado el mejor partido, el bocado más dulce que es vencer en una lucha imposible de ganar, pero en la que te conviertes en un héroe de leyenda, sin saber realmente qué diablos sucedió. Sólo puedo agregar, a modo de corolario eficiente de estas evocaciones, que los siguientes días de ese año de 1973 nunca volvieron a ser iguales.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Diario del viaje del Capitán / 2011

Cero

Jueves

El Consejo de Tolstoi

Ricardo Piglia

Notas en un diario (The Clinic Nº 393, jueves 12 de mayo de 2011)

“Después de tantos años de escribir en cuadernos he empezado a preguntarme en qué tiempo de verbo hay que situar los acontecimientos. Un Diario registra los hechos mientras suceden, no los recuerda, ni los organiza narrrativamente. Tiende al lenguaje privado, al ideolecto. Por eso cuando uno lle un Diario, encuentra bloques de existencia, siempre en presente, y sólo la lectura permite reconstruir la historia que se despliega invisible a lo largo de los años. Los Diarios aspiran al relato y en ese sentido están escritos para ser leídos (aunque nadie los lea)”.

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